El optimismo y la importancia de creer en ti

mujer optimista
Julia había quedado con unas amigas de la juventud con las que no se veía desde hacía muchos años y, según iba a su encuentro se preguntaba qué habría sido de ellas. Entonces comenzó a pensar en su vida. Ella había tenido suerte, le habían salido bien las cosas, pero también había luchado mucho por ellas.

Julia estaba casada y tenía dos hijas, pero después del nacimiento de la segunda abandonó su trabajo en una galería de arte y tuvo una depresión. La vida tenía para ella un solo color, el negro. En una psicoterapia encontró las razones de su mal: no había conseguido organizar una imagen valiosa de sí misma porque su madre, incapaz de asumir su historia emocional, le había trasmitido una mala relación con la feminidad.

El mensaje inconsciente que le había llegado era que para triunfar había que ser hombre. Cuando fue capaz de elaborar su historia, dejó de identificarse con su madre y se liberó de todos los afectos negativos que tenía contra su sexo y, por tanto, contra sí misma. Aprendió a quererse, le gustaba ser mujer y comprendió lo importante que era ese sentimiento también para sus hijas.

Dejó de culpar a su madre por el rechazo que a veces había sentido, porque aprendió a mirarse de otra manera. Siendo mujer también se podía triunfar en la vida. Ese triunfo representaba para ella estar de acuerdo consigo misma, contenta con su sexo. Ya no había vuelta atrás, la vida había cambiado de color.

Pero, ¿se puede ser optimista si uno no se quiere a sí mismo? ¿Alcanzar un acuerdo satisfactorio con el mundo externo y con los otros si no lo hemos alcanzado primero con el mundo interno? ¿Confiar en el futuro si no confiamos en nuestros deseos y en nuestras posibilidades de resolver las dificultades?

Sólo si tenemos un equilibrio conveniente dentro de nuestra despensa imaginaria, que es el lugar donde guardamos nuestros sueños y proyectos, amores y desamores, afectos y carencias, podremos ver la vida rescatando lo bueno y teniendo recursos para dominar lo desagradable.

Si en esa despensa guardamos tarros de resentimiento, bandejas de envidia o deseos de venganza, no podremos ser optimistas. La tendencia a esperar que la vida nos premie con cosas agradables sólo puede venir de la confianza que tengamos en nosotros mismos.

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